Hace unos pocos años se murió una persona a la que tenía un cariño extraño
por así decirlo. Una mezcla de admiración y cariño a partes iguales supongo.
Era una persona amable, siempre sonriendo allá por donde fuera.
Ella no tenía a nadie, no tenía familia, vivía sola, nunca se había
casado, no tenía pareja, no tenía hermanos, nunca tuvo hijos…
Sin embargo, cuando llegué a su velatorio no se veía la puerta y casi
ni se podía entrar de tanta gente que había. Las calles de los alrededores se
habían atascado con los coches y la gente había optado por aparcar varias
calles abajo y llegar caminando, éramos demasiados.
Estaban todos sus amigos, todos los compañeros con los que había
trabajado durante casi más de 30 años, todos sus alumnos, incluso a los que ya
no les daba clase hacía unos años, como a mi.
Estaban todas las personas que la habían querido y la querían. Entonces
me di cuenta de que no estaba sola, y de que me había equivocado, sí tenía
familia, todas aquellas personas eran su familia.
Aprendí algo aquél día, algo que no había recordado hasta hoy. Y es
que ser familia hay que ganárselo, no basta con serlo y ya está, hay que estar
en las buenas y en las malas, hay que ganárselo siempre, continuamente cada día.
Después de pensar que estoy sola, hoy puedo decir que esa gente que comparte
ADN conmigo, esas que me abandonaron y me cambiaron ya no pertenecen a mi
mundo, y si están en él, no lo hacen como personas importantes.
Hoy tengo claro que no estoy sola, que mi familia la elijo yo, y está
llena de personas imperfectas, pero maravillosas.
“El vínculo que te une a tu auténtica familia no es de sangre,
sino de respeto y de goce mutuo.” Richard
Bach

