A
veces, es necesario cerrar puertas para abrir otras. En ocasiones cuando
renuncias a alguien no es porque no te importe, si no porque te das cuenta de
que no le importas. No nos es fácil darnos por vencidos, y hacemos lo
posible por no hacerlo, e incluso para personas realmente persistentes y cabezotas
o simplemente esperanzadas, una “causa
perdida” significa esforzarse más, aún así no por dar más cariño, comprensión o
abrazar más fuerte haces que alguien te quiera. Pero… ¿cuándo tiras la toalla?
¿Cuándo admites que una causa perdida lo es? ¿Cuándo te cansas de seguir a quien no llega ni
quiere llegar?... La de veces que perdonaríamos a una persona con tal de no perderle aunque no
se lo mereciera…
El
primer paso para llegar a alguna parte, es moverse, decidir que no vas a
quedarte donde estás, y la decepción, al igual que todo, también tiene un límite.
Las
peores despedidas son aquellas que ocurren por parte de uno solo, donde “por si
acaso” pones puntos suspensivos, donde tendría que haber un punto y final. Pero
superarlo es lo que te hace grande, y recordar que nadie se da cuenta de lo que
pierde hasta que otro lo encuentra.
Siendo
así… ¿Para qué dar segundas oportunidades, si hay gente esperando aún por las
primeras?


