Hoy trasteando con mis cosas por mi habitación, que es un desastre, hay que decirlo, abrí una caja que tengo desde hace años, donde guardo todo lo que considero importante en mi vida, unas cuantas cartas, dedicatorias, y alguna que otra foto o muñequito… y me quedé pensando, ¿Recuerdas como querías ser de mayor, cuando eras pequeño? Todos esos planes que hicimos en nuestras cabecitas, nos imaginamos como sería nuestro día a día viviendo la vida que soñamos. Aquella época en la que no entendíamos el por qué de las reacciones, acciones o elecciones de muchos adultos ante sus problemas, mientras que nosotros según nuestra forma de ver el mundo en aquél momento encontrábamos una solución perfecta. Y juramos que nunca seríamos como ellos. Pero con los años fuimos aprendiendo que la vida no es como quieres que sea, y que a veces escogemos caminos aunque no los queramos realmente, que todo es complejo en sí. Porque a veces hay que mentir para no hacer daño a quien te importa, que a veces alguien te importa más de lo que debería, que a veces hay que hacer de tripas corazón y que a veces pierdes aunque no te toque. Ahí me pregunté que por qué terminé haciendo lo mismo que ellos, cuando siempre me sentí diferente, cuando nunca entendí lo que hacían ni el por qué. Me pregunté que, hasta qué punto vale la pena hacer lo que “debes” y no lo que quieres. Puede que la respuesta sea que crecí, maduré y pude comprender la vida en sí. O puede que simplemente me haya convertido en una cobarde más con miedo a luchar por lo que realmente quiere, tal y como esos adultos que jamás comprendí. Quizá la mejor forma de ser feliz, sea tan solo siguiendo a todo aquello que nos nace desde lo más profundo de nosotros mismos, lo único que no engaña aunque lo intente. No lo se, a fin de cuentas solo soy alguien que guarda recuerdos en una cajita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario