En el instituto
un año, tuve que leer Romeo y Julieta para subir nota. Entonces yo tenía 15
años y mi propia versión aparte sobre el amor. Todas las demás estaban
encantadas, una historia de amor preciosa, un verdadero sentimiento, escritos
sobre el verdadero amor, pero yo no lo veía así.
Julieta era
idiota, pensé, se enamora del único hombre que no puede tener a su lado y
después culpa al destino de su propia decisión. Eso mismo escribí en mi
redacción, y cuando mi profesora la corrigió me dijo que cuando el destino se
cruza en tu camino, a veces no tienes alternativa.
A los 15 años ya tenía
muy claro que el amor, así como la vida, era fruto de las decisiones y que el
destino no tiene nada que ver. A todos les parecía tan romántico, un amor
verdadero al que le impiden estar juntos, que pena… Si fue tan tonta como para
enamorarse del enemigo, tomar veneno e irse a dormir a una cripta, se merecía
lo que le pasó.
Quizá Romeo y Julieta estuvieran destinados a unirse, aunque solo fuese durante un tiempo. Luego quizá simplemente pasara su momento, si lo hubieran sabido tal vez todo hubiera ido mejor.
Quizá Romeo y Julieta estuvieran destinados a unirse, aunque solo fuese durante un tiempo. Luego quizá simplemente pasara su momento, si lo hubieran sabido tal vez todo hubiera ido mejor.
Le contesté a mi
profesora que era yo quien tenía las riendas de mi vida, de mi destino, y que no
dejaría que nadie y mucho menos un hombre me arrastrase al abismo solo por amor.
Entonces me respondió que si alguna vez sentía todo lo que la obra pretendía
transmitir, el amor incondicional hacia otra persona, y a la vez era
correspondida, podría considerarme afortunada, y que además si lo encontraba
haría todo lo posible por mantenerlo.
Aún así seguí
creyendo que el amor era cuestión de decisiones, que había que dejar a un lado el veneno o las
dagas y buscar tu propio final feliz.
Pero me di cuenta
de que a veces, a pesar de decidir lo mejor que puedes y a pesar de tus
intenciones, el destino termina por ganar.

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