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jueves, 14 de julio de 2011

Bodas...


Bodas, que miedo… una celebración llena de gente que no conoces, damas de honor con vestidos de volantes estúpidos y tacones insufribles, una interminable charla eclesiástica sobre el amor y la unión eterna, que curiosamente da alguien que probablemente no tenga la menor idea ni de la cuarta parte de lo que predica, y como estrella de la fiesta un suculento coctel de gambas… Por favor, ¿desde cuando querer a alguien se convirtió en una feria ambulante? La verdad es que las bodas nunca me han gustado mucho, la mayoría de ellas me parecen un poco hipócritas, todo el mundo observando como uno le dice al otro ese famoso “Sí, quiero” mientras que en lo único que piensan es en, si habrá orquesta en la celebración, empezar apuestas en haber cuanto tardan en separarse, o simplemente en que los zapatos de la de enfrente no le pegan con el peinado. Resulta todo tan frío y calculado… aunque a decir verdad, hay algo que me encanta de las bodas, lo único que  llega a emocionarme un poco, y es ver la cara del novio cuando ve a la novia entrando y caminando hacia él. A mi también me gustaría que algún día, alguien llegara a mirarme así, con esa mirada tierna y dulce…. Esos ojos con un pequeño pero acogedor brillo al verme, al menos por una vez.

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