La Real Academia define la palabra imposible como algo que no
tiene facultad ni medios para llegar a ser o suceder. Y define improbable como
algo inverosímil que no se funda en una razón prudente.
Puestos a escoger a mí me gusta más la improbabilidad que la
imposibilidad, pues como a todo el mundo supongo. La
improbabilidad duele menos y deja un resquicio a la esperanza, a la épica. Que
David ganara a Goliat era improbable, pero sucedió. Un afroamericano habitando
la Casa Blanca era improbable, pero sucedió… Una periodista convertida en
princesa… El 12-1 contra Malta...
El amor, las relaciones, los sentimientos, las esperanzas, las
alegrías… la vida en sí no se funda en
una razón prudente, por eso no me gusta hablar de imposibilidades sino de
improbabilidades. Porque lo improbable es por definición probable, lo que es
casi seguro que no pase, es que puede pasar. Y mientras haya una posibilidad o
media entre mil millones de que ocurra, vale la pena.
“El destino es el que baraja las
cartas, pero nosotros somos los que jugamos.” William Shakespeare.
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